sábado, 27 de febrero de 2010 | By: Nerea Uzquiano

La casa familiar

Normalmente toda persona, guarda un recuerdo más o menos agradable de la casa en la que nació.
Leo a la gente hablar de ellas, y nos cuentan como eran sus verdes praderas, el horno de la abuela, o la bicicleta que paso de generación en generación.

La cosa donde nací, no era una casa con verdes praderas alrededor, no tenía chimenea, y la bicicleta no la compartí con nadie.

La casa donde nací si que tenia un horno de leña, del cual salían un día si y otro también horribles cucarachas que hicieron de mi estancia en la misma un trauma que a día de hoy aun me acompaña.

Recuerdo que era un cuarto piso, sin ascensor (Lo cual mis nalgas agradecieron con el paso de los años).

Recuerdo un largo pasillo, que hacia que mis visitas al baño se demorasen todo lo posible. Cuando ya era imposible retrasarlas más, posiblemente ningún atleta profesional hubiera igualado mi marca.

Las lámparas, dios que espanto, imposibles de describir y a su vez imposibles de olvidar.

El gusto decorativo de mi madre tampoco era para una revista de decoración, mas bien todo lo contrario.
Figuritas y recuerdos varios por toda la casa.
Entre ellas era de destacar un pajarraco, con una cresta roja, típico de algún lugar, a los que no quisiera ofender. Horroso, traumático.

La cocina en la que mi madre calentaba bufandas cuando nos dolía los oídos y a su vez nos abrasaba la cara. Eso si era sufrir.
Una cocina cuyo olor a gas te mantenía en un estado de felicidad continuado. Aunque era mejor para así no pensar en las cucarachas.

Las escaleras que te llevaban al portar. Una baldosa fría, oscura, ni una ventana en la misma que diese al exterior y permitiese la entrada de un ligero rayo del sol.

Una especie de hueco al final de la misma, que producía pánico a partir de las ocho de la tarde.

Allí descubrí que debo tener tantas vidas como los gatos, porque mis saltos desde las ultimas 16 escaleras eran míticos.
Si no me mate entonces, debió ser casualidad o que realmente no me había llegado la hora.
Definitivamente no era el lugar de mis sueños, pero si que es el lugar, donde sin duda alguna fui más feliz.
El único lugar donde toda la familia estuvo junta alguna vez. Después de aquella casa, nada fue igual y nunca más volvimos a estar todos juntos.

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