jueves, 11 de marzo de 2010 | By: Nerea Uzquiano

A mi madre

Aquel aroma permaneció semanas,
fue desvaneciéndose poco a poco,
a cada evocación renacía.
No eran las flores que ahí había
ni el tenue olor de la fragancia
que día a día con fuego ardía.

Solía hablarte, preguntarte,
solía entrar a aquella habitación
para dormir y soñarte.
Añoraba la tibieza de tus manos
y la dulce voz al canto de tu arrullo.

Cada día estás aquí, conmigo
guiando los pasos por donde camino,
cada minuto susurras al oído
palabras de amor que no olvido.

¡No estás aquí conmigo!
tu cuerpo se ha ido.
La leve línea que cruza a la muerte
nos ha dividido.

En cada rosa respiro tu espíritu
en la suavidad de sus pétalos
albergó tus caricias.

En el brillo de la estrella de la noche
vislumbro tus ojos...

Aquellos ojos bellos en que siempre y
por siempre encontraré la paz.

2 comentarios:

Conspicuo y Perspicuo dijo...

Hola Nerea.
Excelente Poesía, me trae recuerdos de mi madre.
Parabienes.
"Añoraba la tibieza de tus manos
y la dulce voz al canto de tu arrullo".

Buenos días no dé Dios.
Atte,

Conspicuo y Perspicuo

Nerea Uzquiano dijo...

Muchas gracias. Como siempre un honor tenerte de vista :)

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