jueves, 27 de junio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (PROLOGO)

PROLOGO

“Cruzó la calle mientras la lluvia caía sin cesar. No sabía cómo había llegado a aquel lugar, ni tan siquiera sabía dónde se encontraba.

Paró junto a la única farola que iluminaba la lúgubre calle. Miró a su alrededor y la imagen que observó le hizo temblar.

¿Cómo con su cultura, con una holgada situación económica, había terminado en los peores suburbios de la ciudad?

No entendía como se había dejado arrastrar a ese mundo tan alejado de su cuento de princesa, con el que soñaba hacia apenas unos años.

Se miró y sintió lastima de sí misma. Fue recorriendo aquella calle hasta que no pudo más y se dejo caer en un sucio banco.”

Fue allí donde yo la conocí. En ese mismo banco encontré unos ojos perdidos y un cuerpo inerte del que apenas salía un hilo de vida.

Me senté en aquel banco junto a ese cuerpo, al que no se podía llamar persona dado el estado en el que se encontraba.

Pasamos dos horas sin hablar, las dos observábamos el horizonte sin decir nada. Ni tan siquiera nos mirábamos. Yo sabía que ella era consciente de mi presencia, pese a que no me había dicho nada. Tampoco yo le dije nada, ni le ofrecí mi ayuda.

Mientras yo permanecía ensimismada en mis pensamientos,  el cuerpo me hablo: “¿No quieres saber porque estoy  aquí?”.

Por un momento dude, por su mirada perdida, si me había hablado. Me gire y la mire.

-          ¿Perdón? – Le dije sin estar segura de que me escuchara.
-          No es un lugar común para alguien como yo.
-          Todos tenemos una historia. – Le respondí.
-          Si. Eso es cierto. – Dijo volviendo a perder su mirada en el horizonte.
La miré y sentí que quería conocer su historia, quería saber que había llevado a aquella muchacha a ese estado tan lamentable ¿Qué hacía en un lugar así?

Al escucharla hablar, se notaba que no era alguien criada en la calle. Se le adivinaba una educación cuidada.
Incluso, si la miraba bien, su piel, bajo aquella suciedad y aquella falta de cuidado, se veía fina. No era la piel de una muchacha pobre.
Mi abuela siempre decía, que la piel nos decía el estatus social al que pertenecíamos.

Seguramente ella también se preguntaría que hacía yo en aquel lugar. En mi caso era algo muy simple. Era una vulgar periodista en busca de una noticia.
Noticia que no había conseguido, como era habitual. Siempre se adelantaban a mí. Por eso seguía escribiendo una columna en una simple publicación de barrio.

Aquella  mujer no me iba a dar la noticia que relanzaría mi carrera como periodista, pero tampoco perdía nada por saciar un poco mi curiosidad.
Al fin y al cabo serian unos minutos y tampoco tenía nada más interesante que hacer ¿Qué podía perder por escuchar como aquella desgraciada había bajado a lo más bajo que puede bajar un ser humano?

-          La verdad no me importaría conocer tu historia.

Sin mirarme asintió con su cabeza, no le vi sorprendida, supongo que esperaba  que mi curiosidad terminara venciendo.
-          Está bien, espero que tengas tiempo, porque mi historia es larga y te hará conocer las miserias del ser humano.

Así fue como conocí a Ana. Una persona que cambio mi vida personal y profesional. Unas lágrimas que me mostraron lo mejor y lo peor del ser humano. 



Prohibida su difusión fuera de este blog.

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