miércoles, 10 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 12)

CAPITULO 12

Al día siguiente el malestar del cuerpo se unió a mis dolores.
Me sentía agotada, como si hubiera estado toda la noche de fiesta. Mi debilidad era extrema.

El dolor en mi útero no mejoraba, me seguía doliendo muchísimo.

Mis padres y Mario estaban cada vez más preocupados, pero me negué en rotundo a que llamaran al médico.

Mi mente echaba de menos la sensación de descanso que había sentido con lo que me había dado aquel malnacido. Todo el dolor se había disipado y un agradable sueño se apodero de mí. Necesitaba sentirme, otra vez, igual.

Tenía su número de teléfono, el me lo facilito, seguro como estaba, de que volvería a llamarle. Pero no iba a hacerlo.

Pase varios días así, pensando si llamarle y con fuertes dolores en mis entrañas.
Psíquicamente tampoco estaba mejor, mi mente no dejaba de dar vueltas. Me sentía culpable de lo que estaba pasando. Culpable por engañar a todos y culpable por la barbaridad que había cometido.

Pasados cinco días no pude más. Viendo la preocupación de mis padres y por miedo a que llamaran al médico tome la decisión de llamarle.

Si mis padres llamaban al médico de la familia, se sabría todo rápidamente. Al médico no podría engañarle con la misma facilidad que al resto.

Me levante de la cama y busque su número de teléfono.

-          ¿Si?
-          Eh… soy yo. – No sabía cómo explicarle quien era.

El se empezó a reír, con eso supe que ya sabía quién era, lo que no sabía era si el suponía el motivo de mi llamada.

Con el tiempo, descubrí que conocía de sobra el motivo de mi llamada. El sabía que al regalarme la primera dosis, volvería a por la segunda. Era la técnica que utilizaban para enganchar a incautas como yo.

Te regalaban la primera dosis para que probaras su estupendo efecto y así volvías a por la segunda pagando. Después ya no podías dejar aquella sustancia y cada vez necesitabas más.

Con los años, vi utilizar esa misma técnica muchas veces.

Pero yo aun no sabía esto, tarde un tiempo en comprobarlo por mi misma y en llorar amargamente recordando aquella maldita primera dosis que me regalo.

Recordé mil veces aquella sensación de descanso, que cada vez tardaba más en conseguir. Aunque después ya buscaba otras sensaciones también.

-          ¿Sabes quién soy?
-          Claro que se quién eres
-          Bueno, yo quería…
-          ¿Si?
-          Pues…
-          Es para hoy
-          Quería saber si tenias más de lo que me diste.- El guardo silencio un momento.
-          Claro, pero esto cuesta dinero y no te lo voy a regalar otra vez.
-          Tengo dinero
-          ¿Sí?, Me alegra saber que nos entendemos.
-          Bueno ¿Me puedes dar más?
-          Claro. – El me dio un precio, bastante alto y me cito en la playa de siempre.

Estaba contenta, al menos no iba a ser muy difícil conseguirlo.

Tampoco le iba a comprar más veces, pensé, sería solo esa vez para  terminar de recuperarme.

Que ilusa ¿Cuánta gente pensaría lo mismo? ¿Que solo comprarían esa vez y volvieron una y otra  vez?

Yo tampoco fui una excepción, después de esa vez vendrían otras muchas.

Hasta que al final, tuve que hacer cosas despreciables, para seguir comprando.

Salir de casa no iba  a ser fácil, así que llame a Clara y le dije que viniera a mi casa. Era la única forma que tenia de poder salir, sin que sospecharan nada.

Clara llego puntual, como siempre.
-          ¿Qué tal esta la enfermita?
-          Un poco mejor
-          Me ha gustado mucho que me llamaras.
-          Tengo que pedirte un favor, que igual no entiendes.
-          Sabes que puedes pedirme lo que quieras.
-          Clara, tengo que ir a la playa, he quedado allí
-          ¿Estás loca? No puedes salir ¿Con quién has quedado?
-          No puedo decirte nada, solo pedirte que confíes en mi y que digas a mis padres que me llevas a tomar un chocolate.
-          Ana, esto no me gusta nada.
-          Lo sé, pero… ¿Me ayudaras?

Pese a no estar nada conforme, cedió y me ayudo.
Al principio mis padres se negaron en rotundo, pero finalmente entre las dos les convencimos, argumentando, que no tardaríamos más de una hora.

Clara me dejo en la playa y quedo en recogerme justo a los treinta minutos.

Llegue muy puntual. Y me prepare para esperar. Pero no, esta vez vino increíblemente puntual.

Cuando llegó fue todo muy directo y sin ningún preámbulo.

-          ¿El dinero?
-          Toma
-          Muy bien, aquí tienes lo que me has pedido. No te lo tomes todo de golpe que te va a gustar demasiado. – Me dijo riéndose.
-          No
-          Cuando quieras más, ya sabes cómo localizarme. Espero que no me cambies por otro… suministrador.
-          No voy a necesitar más, es solo para terminar de recuperarme.

Se empezó a reír a carcajadas, sabía de sobra que iba a volver esa vez, tal y como sabía que seguiría buscándole para pedirle más.

-          Claro, claro. Hasta la próxima.

Se marchó dejándome allí. En aquella maldita playa  que representaba la destrucción de mi vida.

Esa playa que llegue a detestar con todas mis fuerzas. Perdí la cuenta de cuantas estupideces cometí en esa playa.


Todas mis estupideces las cometí en aquella playa.

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