jueves, 18 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 19)

CAPITULO 19

Te preguntaras si no sentí la muerte de mi padre.

No, en ese momento no,  no sentí nada.

Estaba tan absorta, tan consumida que no sentí la muerte de la persona que más quería y que a  mí más me quería. Nadie me quiso como mi padre. Era normal, que al faltar el, yo quedara totalmente desprotegida.

Por muy conflictiva que yo había sido, nuestra relación siempre había sido especial.
El era mi héroe. La persona a la que más unida estaba. Nadie me importaba tanto como el.

Pero la droga y el shock de su muerte, de la que tal vez, yo era responsable, no me dejaron llorarle como debía. No pude guardarle el luto que el merecía.

No sabía a dónde ir, así que acudí donde unos “amigos”.

Eran unos “yonkies”, como yo, que solían ponerse conmigo. Una de las chicas era una compañera con la que también hacia la calle.

No tuvieron problema en que me quedara con ellos. Total estaban acostumbrados a que cada día se quedara gente diferente y a mí ya me conocían.

Era uno de los sitios donde me solía quedar, cuando no quería volver a mi casa.

El lugar donde vivían no era a lo que estaba acostumbrada. Era un piso pequeño, sin apenas muebles.
Solo unos colchones, una vieja cocina y un baño.
El salón tenía un viejo y pequeño televisor y dos colchones más.

La verdad, colchones había por toda la casa. Siempre traía alguien colchones por si se tenía que quedar más gente.

La limpieza tampoco era a lo que yo estaba acostumbrada.

Se ve que sus habitantes no daban mucha importancia a la higiene del piso.

Platos sucios y suciedad se agolpaba por todas las estancias.

A mí tampoco me importaba, la limpieza del piso.
Tenía un techo donde poder dormir y colocarme, sin que nadie me molestara, ni me pidiera explicaciones.
Todo lo demás, era secundario.

Aunque parezca mentira, me sentía liberada. Al no tener que ir a mi casa iba  poder llevar mi vida tal y como yo quería.

No iba a estar preocupada de que mis padres me vieran llegar, podría consumir lo que me diera la gana y los clientes tendrían acceso a mi más fácilmente.

Lo que en realidad era hundirme más, para mí me suponía una liberación.
Ahora estaba entre mi gente. Entre la gente que me entendían.

Ante ellos no tenia que fingir ser quien no era.

No me pedían explicaciones, no me ponían mala cara cuando llegaba y sobretodo nos ayudábamos si lo necesitábamos. O así lo veía yo. A lo único que, de verdad, nos ayudábamos era a seguir ahogándonos en nuestra propia basura.


Como era de esperar, el estar fuera de mi casa no supuso una mejoría para mí. Todo lo contrario.

Consumía sin parar y cada vez tenía que prostituirme más para poder pagar.

Me prostituía en cualquier esquina de mi ciudad y con cualquier hombre dispuesto a pagarme unos euros, por pocos que fueran.

Ahora siempre iba colocada y sucia. Era irrisoria muchas veces la cantidad  que pagaban por mí. Y eso cuando no se iban sin pagar, ya que de lo puesta que iba ni me enteraba.

Ahora me miras con lastima, pero porque estas conociendo mi historia. Si no la conocieras, me mirarías con asco. Como todo el que pasa por mi lado.

A veces deberíamos pararnos a pensar que todo el mundo tiene una historia y que de conocerla, nuestra percepción de esa persona y de cómo esta, cambiaria totalmente.

Por desgracia, yo tampoco lo hacía.  Así que, tampoco puedo pedir que nadie lo haga.

Después de morir mi padre no volví a ver a Mario.
Al tiempo me entere que me estuvo buscando, cuando se entero que me habían echado a la calle y que mi padre había muerto.

Para alguien como el, no resultaba fácil buscar a alguien como yo.

La gente que estaba como yo, no dábamos información sobre nadie.

La policía venia mucho a interrogarnos. No porque les importáramos, sino porque también, solían buscar a personas desaparecidas.

No todas las que estábamos en este mundo, estábamos por voluntad propia.

Algunas estábamos porque habíamos caído en la droga, otras porque tenían hijos a los que no podían sacar adelante, pero también las había obligadas.

Con estas teníamos poca relación, ya que los hombres que las llevaban y traían, no les dejaban hablar con nosotras.
Tampoco pasaban mucho tiempo en la misma zona. Continuamente las iban cambiando.
Las familias de estas continuamente las buscaban, nunca tiraban la toalla.

Venían mucho a nuestras zonas a enseñarnos fotografías, por si reconocíamos a alguna.
Claro que las reconocíamos, pero nunca lo decíamos.

Unas veces por miedo a las mafias, otros porque tampoco nos importaba. Bastante teníamos con lo nuestro. También las había que ya no querían ser localizadas. Habían asumido ese mundo, habían sufrido tanto, que ya no querían resistirse más a su destino.

Estas últimas no deseaban ser encontradas y por ese motivo todos íbamos a lo nuestro.

Supongo que Mario se cansaría de intentar buscarme. Tampoco sé que era lo que quería.

Si era ofrecerme ayuda, en aquel momento no la se la hubiera aceptado. Llevaba la vida que yo quería llevar..

Además, yo culpaba a Mario de todos mis males. Si estaba en esa situación, era en gran parte por su culpa.

Era curioso, había llegado a olvidar como y porque estaba en ese mundo. Jose luis, ahora era uno de los míos. Y Mario, del que había estado muy enamorada y siempre intento ayudarme, era un extraño e incluso un enemigo.

Yo se que Mario, no esperaba el desenlace que tuvo el hablar con mis padres. Conociéndole se estaría muriendo de remordimientos.

No esperaba que mi padre sufriera un infarto con aquella información. Mario adoraba a mis padres, los quería como si fueran los suyos propios. Tampoco esperaría que yo me fuera a ver en la calle, como un desecho.

Supongo que se sintió culpable de lo que me pasaba y por eso intento localizarme.


Pero no pudo. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Madre mia no puedo parar de leerlo me has enganchando a la historia.......Está genial!!!!
ENHORABUENA

Nerea Uzquiano dijo...

Me alegra que te guste. Cada día, salvo excepciones, publico un nuevo capítulo.

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