domingo, 21 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPÍTULO 21)

CAPITULO 21

Me lo puso todo muy bonito y sencillo. Eso termino de convencerme.

Al día siguiente debía recoger un paquete en una dirección y entregarlo en otra.

La verdad, esa cantidad de dinero por algo tan simple, estaba muy bien. Era una suerte que Jose Luis se hubiera acordado de mí habiendo tanta gente dispuesta. Y más cuando  el que conocía a tanta gente.

¿Cómo podía ser yo tan idiota? Con todo lo que me había pasado y seguía siendo una estúpida.

Estaba consumiendo mucho y como estaba tan estropeada, cada vez me costaba más conseguir clientes. Incluso estos empezaban a sentir asco del estado en el que yo estaba.

Al no conseguir clientes cada vez me costaba más conseguir el dinero y por lo tanto estaba empezando a retrasarme en pagarle el material a el.

Por eso me había dado ya dos palizas. Según el lo hacía para hacerme un favor y para que no lo hiciera otro.

Yo en el fondo le agradecía que me pegara pero que me siguiera fiando cuando no tenía. A ese punto de enganche había llegado.

El caso es que le resultaba una molestia, pero en cierta manera le costaba más librarse de mí que de los demás. Por eso se busco una manera de deshacerse de mí, disfrazándolo de favor.

Años después se justifico diciendo que lo hizo porque sentía cierto aprecio hacia mí. Aprecio que le impedía negarme las cosas y apartarme de el.

Menudo aprecio. Me violo, me llevo a abortar a uno de los peores sitios de la ciudad, me engancho a las drogas y después me aparto de circulación de la peor manera que se le ocurrió.

Y yo aun le estaba agradecida. Incluso mucho después seguía convencida de que el no tenía ninguna responsabilidad y que solo intentaba hacerme un favor.

Obviamente estaba muy equivocada y el tuvo toda la responsabilidad en lo que me ocurrió.

El día que me dijo acudí a la dirección que el me había dado. Parecía que me estaban esperando.

Me dieron un paquete y me fui. Que sencillo fue todo.

Según iba caminando note que dos hombres me seguían. Estaba asustada e intente despistarles. Muchas películas había visto yo.

No recorrí demasiado camino cuando me interceptaron. Eran policías.

Hice ver que no sabía porque me paraban, pero ellos sabían muy bien quién era, de donde venia y lo que llevaba.  Así que me sirvió de poco.

Cogieron el paquete, lo rajaron y me llevaron al coche patrulla.

Iba en el coche deseando que las palabras que Jose Luis fueran reales. Que fuera algo rápido, que el tuviera gente dispuesta a sacarme cuanto antes.
Tenía tanto miedo, no sabía lo que me esperaba.

En aquel momento yo no sabía que Jose Luis era el responsable de esta detención.

Había sido su manera de quitarme de circulación. Denunciarme después de asegurarse que llevaba material suficiente para que no saliera rápidamente.

Los policías me metieron en comisaria esposada. Recorrimos unos pasillos interminables y mi cuerpo reaccionaba con sobresaltos a cada golpe de puertas cerrándose.

Ellos no hablaban, abrieron una puerta de hierro y me mandaron entrar dentro. La puerta de cerro a mi espalda.

Mire el calabozo. Las paredes sucias… un camastro en una esquina y un pequeño lavabo.

Me tire en el suelo llorando con desesperación. Fue como si todos los errores de los últimos dos años, volvieran a mí.

Parecía que había enterrado todo, pero no. Uno tras otro venían a mi mente ¿Qué había hecho con mi vida? ¿Cómo me había destruido así?
Supongo que por primera vez fui consciente de todas mis equivocaciones y solo esperaba poder arreglarlas.

Dos policías vinieron y al verme en el suelo, me ayudaron a levantarme.

-          Vamos, el comisario quiere hablar contigo.

Les seguí como una autómata, sentí cierta simpatía por parte de ellos. Eran amables conmigo.

Entramos a una sala y me dijeron que me sentara.

-          ¿Tienes abogado? – me pregunto uno de ellos.
-          No lo se
-          ¿Quieres llamar a alguien?
-          Si.
-           
Llame a Jose Luis rezando porque pudiera ayudarme, pero su teléfono estaba desconectado.

Creo que los policías me vieron tan perdida que se compadecieron de mí y me dijeron que llamara a mi familia.

Les explique que no tenía trato con ellos, que me habían echado de casa porque yo había hecho muchas cosas mal. Me explicaron que en esos momentos solo la familia te ayuda. Que si esperaba ayuda de alguien de mi mundo, estaba equivocada. Ellos no harían nada por mí.

Me arme de valor y marque el número de mi madre.

-          ¿Diga?
-          ¿Mama?
-          Se ha equivocado. Yo no tengo hijas.
-          Yo…

Era su voz, pero no era su tono.  Mi madre había cambiando. Ya no hablaba con dulzura, su tono era seco y muy duro.

Me colgó. No pude decirle nada. No me dio tiempo a decirle donde estaba.

Les dije a los policías si podía marcar el numero de antes y los policías asintieron con lastima.

Esta vez si daba llamada y Jose Luis contesto.

-          No vuelvas a llamar. No puedo ayudarte.


Y sin decir nada más, me colgó. Mire a los policías con el teléfono en la mano y las lágrimas asomando en mis ojos.

0 comentarios:

Publicar un comentario