martes, 2 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 5)

CAPITULO 5

Me desperté con una sensación extraña.

No sabía si lo sucedido era real o había sido una pesadilla. Pronto los hematomas de mi cuerpo me dijeron que había sido una pesadilla muy real.

Baje al comedor y mi madre me sonrió
-          Hola madrugadora
-          Hola mama
-          ¿Qué tal lo pasasteis ayer?
-          Bien, muy bien
-          ¿Fuiste buena?
-          Claro mama. – En ese momento mi padre entro en el comedor.
-          Buenos días princesa
-          Buenos días papa
-          No esperaba verte levantada tan temprano.
-          Ya
-          Bueno, espero que la fiesta de mi niña haya sido la mejor de la ciudad
-          Si papa, fue… fantástica.
-          Muy bien cariño, todo es poco para mi niña. – Le sonreí, le di un beso y le dije que me iba a correr un poco por los alrededores.
¿Por qué les oculte lo sucedido? No sé si sentí miedo o si no supe cómo hacerlo. Me engañe a mi misma diciéndome que lo hacía por ellos, sabía que era un golpe que les costaría superar y no quería disgustarles. No se merecían algo así.  Pero la realidad era que algo me lo impedía. Algo que no sabía que era.

Pase dos horas corriendo, volví a casa agotada, no tenía ganas de volver para que no me hicieran más preguntas sobre la fiesta.
No sabía cuánto más podría sostener mi farsa.

Toda esa mañana conseguí eludir las preguntas de mis padres, pero lo peor vino por la tarde, cuando Mario llego a buscarme.

-          Señorita, el señorito Mario se encuentra en el salón. – Me aviso una de las chicas de servicio.

Un frio me helo el cuerpo, sabía que tenía que enfrentarlo y contarle la verdad, pero temblaba de pensar en su reacción.

-          Hola Mario
-          Hola bonita. – Cuando me beso intente responderle como le respondía siempre, pero mi cuerpo no logro reaccionar a el.
-          ¿Estas bien?
-          No se Mario, aun me encuentro mal y…
-          ¿Y? – Me urgió el
Era el momento de enfrentarlo y contarle la verdad.
Lo pensé, yo se que pensé en contárselo, pero algo me lo impidió.
-          Nada Mario, solo eso. Creo que he cogido algún virus o algo.
-          Pobrecilla, mira que ponerte mala el día de tu cumpleaños…
Le sonreí y comenzamos a hablar de cosas sin importancia, yo intentaba seguirle con entusiasmo pero no conseguía quitarme ese frio que me impedía ser yo.

Cuando Mario se fue, tome la primera decisión que cambiaria mi vida.

Lo ocurrido aquella noche, iría a la tumba conmigo. Lo enterraría y lo olvidaría. Nadie jamás debía saber lo que había pasado y yo proseguiría con mi vida.

Aquel desgraciado no cambiaria mi vida. No destruiría mi vida por un acto que no había sido culpa mía.
Yo no había provocado que aquello pasara y no era justo que mi vida se cortara por ese hecho. No era justo que tuviera que pasar la vergüenza de contar aquello si no había sido responsabilidad mía.

Lo mejor era olvidarlo y que los míos jamás se enteraran.

Volviendo hoy la vista atrás, me doy cuenta que fue un gran error.

Debí confiar en los míos, estarían a mi lado ayudándome  a pasar por aquello y no me sentiría tan sola.

Mi carácter seguiría siendo el mismo y no cometería la cadena de errores que cometí después.

Que diferente seria hoy mi vida si aquel maldito día no hubiera guardado silencio.

Que diferente vida tan diferente tendria si aquel maldito día no decido hipotecar mi vida para siempre.

Pero ya había tomado la decisión equivocada y mi suerte y mi destino estaban marcados.

A partir de ese día mi vida no volvería a ser la misma y ya nada tendría remedio.

A partir de ese día descubrí que una mentira debe ser encubierta con otra.

Que un error involuntario me atraería la infelicidad de por vida.

Pero lamentarme ahora ya no tiene sentido. Lo hice y tuve que pagar un precio muy alto por mi silencio.


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