jueves, 10 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 26)

CAPITULO 26

Después de sus palabras me cuide más. En el patio no me alejaba mucho y siempre evitaba quedarme sola.

Pero era imposible estar siempre alerta. En algún momento terminas bajando la guardia y es cuando esa gente aprovecha.

Aquel día cuando iba hacia las duchas me las volví a encontrar.

Mire y vi que no había nadie cerca. Me había vuelto a equivocar una vez más.

-          ¿Ibas a algún sitio?
-          ¿Por qué no me dejáis en paz?
-          Pobrecita… ¿vas a llorar?
-          No sé porque no me dejáis. Yo no meto con nadie.
-          Claro, tu eres tan educadita y tan superior…
-          Yo no he dicho eso.
-          No hace falta que lo digas, es evidente que lo piensas.
-          No es verdad.
-          ¿Vas a llamar a papaíto?

Cuando escuche como se referían a mi padre, una fuerte rabia se apodero de mi ¿Qué sabia ellas de mi vida? ¿Qué sabían ellas de cómo había sufrido mi padre? ¿Cómo se atrevían a nombrar a la única persona que me había querido en la vida? Nunca pensé que iba a reaccionar así al nombrar a mi padre. Y seguramente ellas tampoco se lo esperasen.

Me lance contra ella, como si fuera una luchadora de lucha libre.
Sentía tanta cólera que estaba irreconocible. Jamás en mi vida me había peleado con nadie y mucho menos había golpeado con tanta rabia.

No me sirvió para nada. En ningún momento tuve ninguna oportunidad contra aquel grupo de mujeres.

Pero esta vez hubo una diferencia y es que ella también recibió golpes.

Pelee, patalee y di tatos golpes como me fue posible.
Hasta que llegaron dos funcionarias, que en realidad habían estado todo el tiempo allí, a separar la pelea.

Tras ellas venia “la sheriff”. Me miró con desprecio y dijo:
-          Parece que la niña de papa también sabe sacar las uñas. Llevarlas a aislamiento.

El participar en la pelea, supuso que no iba  a pasar mi estancia en enfermería, por muchos golpes que llevara en mi cuerpo. Me iba a tocar conocer las celdas de castigo.

Eran más pequeñas y no podía salir al patio. Estaba sola y no ver a nadie hizo que me encerrara más en mi mundo.

Me quitaron los libros que aquella funcionaria me conseguía. Y mis golpes se tuvieron que curar solos. Cada tres días venia una enfermera para ver cómo iba, pero no le dejaban traer nada para curarme.

Este aislamiento, sumado a la soledad y al dolor que llevaba en el alma y el del cuerpo, me hizo tomar una decisión.
No fue una decisión muy inteligente por mi parte, pero ya no veía más salidas.

Había sufrido tanto, que mi mente dijo no más. Ya no quería más sufrimiento ni más desgracias.

Ya había pasado bastante, siendo tan joven como era.

Había vivido y conocido, mucho más de lo que debía con la edad que tenia.

Total si no me mataba yo, me mataría alguna de las presas, solo que sería con muchísimo más dolor.

Esa fue mi decisión. Matarme. Nadie me echaría de menos. Seguramente la mayor parte de la gente que me conocía… ya me daban por muerta, así que no perdía nada.

Espere a la noche para colgarme con una de las sabanas de mi celda.

La sujete en la parte alta de los barrotes de mi celda, la anude a mi cuello y salte.

Sentí como mi vida se esfumaba, no sé cuánto tiempo pasaría. A mí me pareció una eternidad. Cerré los ojos y espere la llegada de la muerte, mientras el oxigeno iba abandonando mi cuerpo.

Lo que es la vida… Ni tan siquiera eso me tenía que salir bien.

Justo en ese momento entro una funcionaria que dio la voz de alarma, salvándome la vida.

Eso sería lo que pensaría aquella funcionaria. Que había hecho una gran labor salvándome la vida.

Pero… ¿Qué vida había salvado? Si mi vida era una porquería ¿Por qué no dejarme terminar de una vez con tanto sufrimiento?


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