sábado, 12 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 28)

CAPITULO 28

Desde aquel día, aquella funcionaria me acogió bajo su protección. Veía la rabia con la que me miraban las demás presas, pero nada podían hacer.

Poco a poco mi vida en prisión fue haciéndose más fácil. Ya nadie me molestaba y podía salir al patio sin tener problemas. También conocí a presas nuevas que llegaban y empecé a relacionarme un poco con las que no eran peligrosas.
Un día Carmen, que así se llamaba la funcionaria me dijo:

-          Se van a organizar unos cursos en esta prisión, quiero que te apuntes.
-          ¿Yo?
-          Si.

 Así pude apuntarme a unos cursos de idiomas e incluso a otro de introducción al derecho, que me gustó mucho.

Pasaba el día con la mente ocupada y eso me ayudaba a desconectar del día a día y del lugar en el que me encontraba.

Nunca pensaba en mi juicio, ni en salir de ese lugar. Pese a todo, allí me sentía protegida y tenia pavor a lo que me encontraría al salir de allí.

Todas soñaban con estar libres, mientras yo solo deseaba quedarme entre las protección de esas cuatro paredes.

Poco a poco, como te he comentado, fui haciéndome a aquel lugar. Lo que hacía que cada día viera más un hogar en el.

La funcionaria, Carmen que así se llamaba, estaba encantada con el cambio que había visto en mí.

-          Ana, tengo que hablar contigo.
-          Dígame.
-          Mi marido es abogado. Uno de los mejores de Barcelona. Le he hablado mucho de ti.
-          Si.
-          Bueno, para no hacerlo largo, el ha hablado con la facultad de derecho donde estudió para que puedas cursar la carrera de derecho a distancia.
-          Pero no puedo – Exclame.
-          ¿Por qué? Todos hemos visto que se te da bien, en los cursos que has hecho.
-          Yo no puedo pagarme una carrera.
-          Para eso están las becas y no tengo duda de que la conseguirás.

Así fue como, gracias a ella, pude matricularme en derecho. A ella y a su marido, que confiaron ciegamente en mí. Esto es lo que más me duele, haberles fallado a ellos también.

No voy a decirte que fuera fácil, por la vida que había llevado y las drogas que había consumido, necesita un esfuerzo titánico para lograr que la información quedara en mi mente.

Poco a poco lo iba consiguiendo. Saque el primer curso con unas calificaciones excelentes.

El segundo y tercer curso aprobé con varias matriculas y varios profesores de la facultad solían venir a visitarme. De repente sentía, que todos confiaban en mí y en que al salir tendría un gran futuro dentro de la abogacía.

Les parecía increíble, que alguien en mi situación pudiera aplicarse tanto y deseaban que tuviera una segunda oportunidad.

Por primera vez, yo empezaba a desearlo también.

Esa era mi vida en prisión.

Me levantaba temprano para hacer unos ejercicios, me aseaba y bajaba a desayunar.

Después teníamos el curso de inglés, que a mí ya no me servía puesto que mi nivel era muy superior. En lugar de ir a ese curso, opte por matricularme en la escuela de idiomas. Ellos me enviaban todo el material y la dirección e la prisión me permitía quedarme esas dos horas en mi celda estudiando.

A las Once salíamos al patio. Yo solía salir con mi libro de derecho. No me interesaba relacionarme con el resto.
Hacía mucho que pensaban que era una protegida de la dirección de la cárcel y eso me apartaba del resto de presas. No me importaba, estaba más cómoda con mis libros.

Sobre la una nos llevaban al comedor, hasta las tres.

A esa hora nos devolvían a las celdas. Yo cada minuto que pasaba en la celda lo aprovechaba para estudiar.

A las cinco volvíamos al patio hasta las siete que era nuestra hora de cenar.
A las nueve nos llevaban a la celda y a las diez nos apagaban las luces, hasta el día siguiente.

Llevar esta vida me ayudo a tener una disciplina horaria y de trabajo.

Los horarios no cambiaban, siempre eran los mismos y no podías retrasarlos.

Esta era la vida que ahora me había tocado vivir y por fin la había aceptado y había decidido hacer algo por mí.


Cuando termine el tercer curso estaba feliz de que ya había superado la mitad de la carrera. Iba a empezar cuarto y en poco tiempo por fin tendría mi título universitario. Que orgulloso estaría mi padre de mi.

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