martes, 15 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 31)

CAPITULO 31

Esa noche, como era de esperar, Carmen vino a verme. Aprovecho el recuento de la noche para interesarse  y preguntarme qué tal me había ido con su marido.

-          Bien, creo.
-          ¿Crees?
-          Es muy serio.
-          Sí, pero no lo prejuzgues. No siempre fue así. Era una persona muy alegre.

Titubee antes de preguntarle nada. No quería hacerle daño, n ser impertinente con mis preguntas.

-          ¿Su hija?
-          Si, la muerte de nuestra hija le marcó y entristeció mucho. Nunca lo ha superado.
-          Usted también tiene una historia con mucho dolor.
-          Si pequeña, pero nada que no hayas visto en el tiempo que has permanecido en la calle.

Se sentó en mi camastro y continuó hablando.

-          Mi hija pese a ser una niña muy querida, era muy rebelde. Como lo sois todos los adolescentes. Pero nunca sospechamos nada. Pertenecía a una familia estructurada y nunca piensas que a tu niña le pueda pasar algo así.
Solía salir mucho de fiesta, demasiado, y aunque no nos gustaba, se lo permitíamos porque confiábamos en ella. Era muy estudiosa y quería ser abogada como su padre.
No imaginábamos lo que ocurría cuando salía de fiesta. No lo supimos hasta que fue muy tarde.
Al darnos cuenta, ya consumía demasiado. Su carácter cambio y dejó los estudios. Intentamos todo para que lo dejara. La internamos varias veces en una de las mejores clínicas de desintoxicación del país. Todo fue en vano. Nos engañaba, diciendo que lo había dejado, para que la sacáramos o se escapaba a la mínima oportunidad que tenia. Pero siempre consumía, nunca lo dejó.

-          ¿Cómo..?
-          ¿Cómo murió?
-          Si
-          Una mala dosis. Esos desgraciados le vendieron alguna porquería en mal estado. La encontraron en los baños de un local de moda y los médicos no pudieron hacer nada por ella. Cuando llegamos ya había fallecido.
-          ¿Cuántos años tenía?
-          Solo tenía diecinueve cuando murió
-          ¿Sabe? Tuvo mucha suerte de tenerla como madre. Siempre estuviste a su lado.
-          No siempre Ana. Yo también le dije muchas cosas. Por su bien, para que lo dejara. Es muy duro para una madre, ver a su hija en esas condiciones.
-          Pero no la abandonaste.
-          Te veo resentida y hay muchas cosas que no sabes.
-          Si es de mi madre, no quiero saber nada. Ella renunció a mí y yo no quiero avergonzarla más.
-          ¿Y si no renunció a ti?

Le miré sorprendida, sus palabras fueron como un golpe en mi estomago. No entendía que quería decir y tampoco sabía si quería entenderlas.

-          No entiendo
-          Ana, Alfredo conoció mucho a tu padre y conoce mucho a tu madre.
-          Lo sé, me lo dijo.
-          Tu madre nunca ha renunciado a ti.
-          Pero…
-          Cuando le llamaste estaba rota por la pérdida de tu padre. También fue muy duro todo lo que se enteró de ti.
-          Eso lo entiendo.
-          Déjame terminar. Tu madre te buscó, casi se vuelve loca del dolor al no encontrarte. Y no solo te buscó ella, sino también tus amigos. Movieron cielo y tierra. Recorrieron los peores suburbios de Barcelona, pero nadie supo darles información de ti o no quisieron dársela. Al final ella pensó que habías muerto y casi la mata la tristeza.
-          ¿Cómo sabes todo esto?
-          Por Alfredo. El me contó todo lo que sufrió y lloro cuando te dio la espalda.
-          Hasta que dejo de buscarme...
-          Nunca se rindió. Todos la convencieron de que habías fallecido. Era por su bien. Debía intentar salir adelante. Pero nunca ha superado la tristeza. Aunque no te lo creas, eres una persona muy querida Ana. Si decidieras hablar con tu madre, ella no te daría la espalda. Te recibiría con los brazos abiertos y con una inmensa alegría de saber que estas viva.
-          No puedo Carmen, aun no.
-          ¿Por qué?
-          No quiero que me vea aquí. Si debo reencontrarme con ella, quiero que sea fuera. Cuando yo esté libre y haya dejado atrás todo este mundo.
-          ¿Por qué quieres pasarlo sola?
-          Porque yo sola me metí aquí.

Asintió mirándome como si, en el fondo, lo entendiera.

-          ¿Al menos ayudaras a Alfredo en tu defensa?
-          Si
-          ¿Vas a dejar de proteger a los desgraciados que te metieron aquí?
-          Si Carmen. Estoy cansada de pagar por algo de lo que no fui responsable. Me equivoque, es cierto, pero he pagado demasiado. El precio ha sido muy alto. No quiero sufrir más, ni hacer sufrir a nadie. Necesito recuperar mi vida, terminar mi carrera y ser una gran abogada. Estoy limpia y quiero aprovecharlo.
-          No te imaginas lo que me alegra escuchar esas palabras.
-          Y a mi decirlas.

Se despidió y me quede pensativa. Pensaba en Carmen, en Alfredo y en su hija. Dentro de todo lo malo yo había tenido suerte. Suerte de salir viva, eso hacía que tuviera la oportunidad de dejar todo y retomar mi vida. Oportunidad que su hija no tuvo.

En ese momento mi madre vino a mi mente. Me había buscado. Nunca me olvido y sufrió mucho al tener que rendirse y darme por muerta. Quería verla, necesitaba que supiera que estaba bien. Pero no era el momento, no quería que me viera allí encerrada. Al salir la buscaría, no sabía que le iba a decir, pero me vería recuperada y terminando mis estudios. Todo lo que ella siempre quiso para mí.


Por fin la vida empezaba a tener color y me devolvía todo lo que me había quitado.

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