viernes, 18 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 34)

CAPITULO 34

Me levanté muy temprano. Apenas había dormido. Estaba tan nerviosa que pase la noche dando vueltas en la cama y mirando el techo de mi celda.

Me duché y me vestí. En ese momento entro Carmen. Me traía un traje de falda con chaqueta precioso, una blusa finísima, medias y unos zapatos de medio tacón.
También había un neceser con maquillaje, perfume y otros cosméticos para arreglarme.

-          ¿Y esto?
-          ¿No pensarías ir al juicio así vestida?
-          No tenía otra cosa.
-          Lo sé y por eso mismo te he traído ropa. Arréglate, todos deben ver u cambio. Deben ver una señorita que ha rehecho su vida, después de una equivocación. No pueden ver una delincuente.

Cuando salió, me vestí, me peiné y me maquillé.
Me puse frente al espejo y deje de ver a la Ana que tantos errores había cometido. Vi a la Ana del pasado, guapa, elegante… tal y como era antes.

Cuando la policía vino a buscarme, Alfredo les acompañaba.

-          Solo vengo a darte ánimos y decirte que estés tranquila. En unos días, todo esto será pasado y serás libre.
-          Muchas gracias. – Agarré sus manos con agradecimiento.

Los policías me pusieron las esposas y me sacaron de la celda acompañándome hasta el furgón que me llevaría al juzgado.

Realicé el trayecto en una burbuja. Solo sabía lo que me había explicado Alfredo de cómo sería el juicio.

Me dijo que tendría que contestar a preguntas del juez, del fiscal y de el mismo. Solo debía decir la verdad y no ocultar nada.
Según me dijo, mi historia era lo bastante cruda y cruel como para necesitar adornos.

Cuando llegamos a los juzgados me llevaron a los calabozos. Allí no dejaba de pasear de un lado a otro.
Apenas era un cuadrado minúsculo con una silla y una mesita. No había ningún camastro, como en el resto de calabozos a los que estaba acostumbrada.

Un policía vino a buscarme al cabo de un rato. Avanzamos por un pasillo y me dejo en otra sala donde había dos policías y una mesa con dos sillas.
Los policías permanecían en pie, junto a la puerta. Me senté en una de las sillas y espere.

La puerta se abrió y entró Alfredo. Hablo algo con los policías y estos salieron.

-          ¿Nerviosa?
-          Mucho.
-          No te preocupes, todo va a salir bien. Pero vamos a repasar un poco como va a ser el juicio.

Me explicó una vez más como seria. Quienes intervendrían, lo que me preguntarían. Me dijo que no debía ponerme nerviosa y que todo iba a salir bien.
Me dijo que tenía que irse, que el debía estar en la sala y que no tardarían en llamarme.

No sé lo que tardaron, pero a mí se me hizo eterno. Cuando el policía abrió la puerta del salón donde estaba celebrándose el juicio, mis piernas comenzaron a temblar.

Fui lentamente a sentarme en una silla que se encontraba en el centro del salón. Había un micrófono. Todo me impacto mucho.

Comenzaron las preguntas y fui respondiendo poco a poco, el fiscal solo se centró en preguntar sobre el paquete y quienes estaban detrás. Esta vez no protegí a nadie y dije todo lo que sabía. Me estaba jugando la vida, pero era eso o volver a prisión y era lo que menos deseaba.

El juez, en ocasiones, me miraba asombrado ante la claridad con la que estaba hablando.

Cuando empezó Alfredo a preguntarme, todo cambio. El me preguntaba por mi infancia y sobre los motivos que me habían llevado a esa vida. Yo sabía que quería despertar la simpatía del juez y del fiscal, pero a mí se me estaba haciendo muy duro hablar sobre todo aquello.

Lo peor fue hablar de la violación, el aborto y la muerte de mi padre.
Mientras mi relato iba avanzando y era cada vez más duro, las caras de los presentes iban cambiando.

Alfredo tenía razón en una cosa, mi relato les estaba impactando a todos.

Fue largo mi relato y me costaba mantener la vista en el frente, como me había dicho Alfredo. Aun así creo que lo conseguí. Porque al acabar, nadie más quiso preguntarme nada e incluso pude observar una lagrima en los ojos de uno de los policías.

En todo momento, estuve de espaldas a la puerta, por lo que era ajena a lo que en ella ocurría. Hasta que me levante para sentarme junto a Alfredo.

Agarrada al marco de aquella puerta estaba mi madre, tenía el rostro mojado y sus ojos inundados en lágrimas. Había escuchado todo mi relato. Ahora conocía toda la verdad.

2 comentarios:

Manu Sánchez Acero dijo...

¡Genial blog!

¿Te pasarías por el mío? Es una webserie, esperamos que te guste así que, si es así, no dudes en compartir

Es: www.hermanassomosnosotras.com

¡Gracias y continúa así!
Manu S.

Perico_bdn dijo...

Gracias por votarme!! Te acabo de votar yo tambien. Que casualidad que estamos en la clasificación uno detrás del otro, jaja.
Un saludo.

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