domingo, 21 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPÍTULO 21)

CAPITULO 21

Me lo puso todo muy bonito y sencillo. Eso termino de convencerme.

Al día siguiente debía recoger un paquete en una dirección y entregarlo en otra.

La verdad, esa cantidad de dinero por algo tan simple, estaba muy bien. Era una suerte que Jose Luis se hubiera acordado de mí habiendo tanta gente dispuesta. Y más cuando  el que conocía a tanta gente.

¿Cómo podía ser yo tan idiota? Con todo lo que me había pasado y seguía siendo una estúpida.

Estaba consumiendo mucho y como estaba tan estropeada, cada vez me costaba más conseguir clientes. Incluso estos empezaban a sentir asco del estado en el que yo estaba.

Al no conseguir clientes cada vez me costaba más conseguir el dinero y por lo tanto estaba empezando a retrasarme en pagarle el material a el.

Por eso me había dado ya dos palizas. Según el lo hacía para hacerme un favor y para que no lo hiciera otro.

Yo en el fondo le agradecía que me pegara pero que me siguiera fiando cuando no tenía. A ese punto de enganche había llegado.

El caso es que le resultaba una molestia, pero en cierta manera le costaba más librarse de mí que de los demás. Por eso se busco una manera de deshacerse de mí, disfrazándolo de favor.

Años después se justifico diciendo que lo hizo porque sentía cierto aprecio hacia mí. Aprecio que le impedía negarme las cosas y apartarme de el.

Menudo aprecio. Me violo, me llevo a abortar a uno de los peores sitios de la ciudad, me engancho a las drogas y después me aparto de circulación de la peor manera que se le ocurrió.

Y yo aun le estaba agradecida. Incluso mucho después seguía convencida de que el no tenía ninguna responsabilidad y que solo intentaba hacerme un favor.

Obviamente estaba muy equivocada y el tuvo toda la responsabilidad en lo que me ocurrió.

El día que me dijo acudí a la dirección que el me había dado. Parecía que me estaban esperando.

Me dieron un paquete y me fui. Que sencillo fue todo.

Según iba caminando note que dos hombres me seguían. Estaba asustada e intente despistarles. Muchas películas había visto yo.

No recorrí demasiado camino cuando me interceptaron. Eran policías.

Hice ver que no sabía porque me paraban, pero ellos sabían muy bien quién era, de donde venia y lo que llevaba.  Así que me sirvió de poco.

Cogieron el paquete, lo rajaron y me llevaron al coche patrulla.

Iba en el coche deseando que las palabras que Jose Luis fueran reales. Que fuera algo rápido, que el tuviera gente dispuesta a sacarme cuanto antes.
Tenía tanto miedo, no sabía lo que me esperaba.

En aquel momento yo no sabía que Jose Luis era el responsable de esta detención.

Había sido su manera de quitarme de circulación. Denunciarme después de asegurarse que llevaba material suficiente para que no saliera rápidamente.

Los policías me metieron en comisaria esposada. Recorrimos unos pasillos interminables y mi cuerpo reaccionaba con sobresaltos a cada golpe de puertas cerrándose.

Ellos no hablaban, abrieron una puerta de hierro y me mandaron entrar dentro. La puerta de cerro a mi espalda.

Mire el calabozo. Las paredes sucias… un camastro en una esquina y un pequeño lavabo.

Me tire en el suelo llorando con desesperación. Fue como si todos los errores de los últimos dos años, volvieran a mí.

Parecía que había enterrado todo, pero no. Uno tras otro venían a mi mente ¿Qué había hecho con mi vida? ¿Cómo me había destruido así?
Supongo que por primera vez fui consciente de todas mis equivocaciones y solo esperaba poder arreglarlas.

Dos policías vinieron y al verme en el suelo, me ayudaron a levantarme.

-          Vamos, el comisario quiere hablar contigo.

Les seguí como una autómata, sentí cierta simpatía por parte de ellos. Eran amables conmigo.

Entramos a una sala y me dijeron que me sentara.

-          ¿Tienes abogado? – me pregunto uno de ellos.
-          No lo se
-          ¿Quieres llamar a alguien?
-          Si.
-           
Llame a Jose Luis rezando porque pudiera ayudarme, pero su teléfono estaba desconectado.

Creo que los policías me vieron tan perdida que se compadecieron de mí y me dijeron que llamara a mi familia.

Les explique que no tenía trato con ellos, que me habían echado de casa porque yo había hecho muchas cosas mal. Me explicaron que en esos momentos solo la familia te ayuda. Que si esperaba ayuda de alguien de mi mundo, estaba equivocada. Ellos no harían nada por mí.

Me arme de valor y marque el número de mi madre.

-          ¿Diga?
-          ¿Mama?
-          Se ha equivocado. Yo no tengo hijas.
-          Yo…

Era su voz, pero no era su tono.  Mi madre había cambiando. Ya no hablaba con dulzura, su tono era seco y muy duro.

Me colgó. No pude decirle nada. No me dio tiempo a decirle donde estaba.

Les dije a los policías si podía marcar el numero de antes y los policías asintieron con lastima.

Esta vez si daba llamada y Jose Luis contesto.

-          No vuelvas a llamar. No puedo ayudarte.


Y sin decir nada más, me colgó. Mire a los policías con el teléfono en la mano y las lágrimas asomando en mis ojos.
sábado, 20 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPÍTULO 20)

CAPITULO 20

A partir de aquí, imagine que todo iría a mejor.

Una vez más me equivocaba.

Sin ningún control y sin ayuda, solo podía ir a peor. Nunca a mejor.

Supongo que era cuestión de tiempo que Jose Luis se cansara de mí.
Me pasaba los días llamándole para que me vendiera material o me buscara algún cliente.

Clientes hacia mucho que no me mandaba. Vivía de los pocos que yo me conseguía.

Cuando le llamaba para pedirle mi dosis, siempre parecía estar ocupado e intentaba darme largas.

-          Jose Luis. Soy Ana.
-          Lo sé ¿Qué quieres?
-          Tengo dinero. Necesito un poco.
-          Estas metiéndote demasiado Ana ¿No crees?
-          No necesito mucho.
-          Pues espera a mañana
-          No. Lo necesito hoy. Por favor, tengo dinero.

El negocio es el negocio y siempre terminaba citándome.
Podía parecer que se preocupaba  por mí, pero en realidad creo que se sentía culpable, por ser el quien me había empujado a todo ello.

Dentro de él tal vez, quedaba un atisbo de humanidad. Lástima que esa humanidad rara vez aparecía, sino jamás me hubiera hecho todo lo que me hizo. Y lo peor es que aun no había terminado de hacerme daño.

Un día me llamo Jose Luis, tenía algo para mí. Un trabajo que me podía dar mucho más dinero del que sacaba prostituyéndome.

El me lo dijo como haciéndome un favor. Vendito favor el que me hizo:

-          Tengo que estar contigo.
-          ¿Por qué? – Desconfié porque no le debía nada y alguna vez que le había dejado a deber me había citado y me había dado una paliza brutal
-          Es para un trabajito
-          ¿Algún amigo tuyo?
-          Mas o menos, pero no me refiero a que te acuestes con el.
-          ¿Entonces?
-          Es un trabajito que te puede dar muchísimo dinero, mucho más del que sacas de puta.
-          No hace falta que lo digas así
-          Vale, puedes sacar mucho más que de chica de compañía.
-          Estaría bien.
-          Claro que está bien
-          Pero… ¿Por qué yo?
-          Somos amigos y sé que no estás muy bien de dinero.
-          Vaya… gracias

La verdad me sorprendió y me sentí muy agradecida.

Pensé que por fin alguien me iba a echar una mano en lugar de darme sermones o de lanzarme a los leones.

Veía en las palabras de Jose Luis, una especie de mano amiga.

En realidad me iba a hundir una vez más, pero yo solo veía que el me ofrecía el dinero que yo necesitaba y encima no iba a tener que acostarme con nadie para conseguirlo.

Me cito al día siguiente en un lugar diferente al que me citaba siempre.

En ningún momento tuve ninguna duda de acudir al encuentro.

Pase lo que quedaba del día feliz, pensando en lo que me diría Juan Luis al día siguiente.

Cuando me levante decidí que no saldría ese día a buscar clientes a la calle. Esperaría a conocer la oferta de Juan Luis antes.

Llegue puntual y allí estaba el.

Lo mas increíble de todo es que el seguía igual que cuando le conocí. Mientras yo me había ido estropeando a pasos agigantados el estaba igual.

Claro, el apenas consumía. Eso lo dejaba para idiotas como yo. Idiotas  a los que engañaban, enganchaban, sacaban beneficio de nosotros y cuando estábamos estropeados y no servíamos, nos quitaban de circulación. Esto no lo sabía, pero no tarde mucho en descubrirlo.

-          Muy bien Ana, puntual como siempre
-          Si
-          Te veo muy emocionada
-          Estoy ansiosa por saber.
-          Muy bien. Que sepas que esto no lo hago por todo el mundo.
-          Lo sé Jose y de veras que te agradezco que hayas pensado en mi.
-          Para eso estamos los amigos.
-          Gracias otra vez.
-          No hay de que, entre nosotros tenemos que ayudarnos.
-          Es verdad.
-          Ya has visto que ni la familia nos entiende.
-          Es cierto.
-          Bueno Ana, el trabajo es sencillo. Tendrías que entregar un paquete con material en la dirección que yo te de.

Traficar pensé. Me daba miedo. Sabía que estábamos hablando de cosas mayores.

-          Pero… ¿Si me cogen?
-          No te preocupes por eso, tenemos medios para salir rápido
-          Ya, pero…
-          Ana, si eres lista y haces lo que te diga no te cogerán.
-          Ya.
-          Mira Ana, te lo he ofrecido para hacerte un favor, pero si no quieres me lo dices y busco a otro.
-          No si yo…
-          Tengo mucha gente deseando que les llame para hacerlo ellos.
-          Me da miedo.
-          Muy bien, pues no hablemos mas, se lo diré a otro.
-          Espera… ¿Es mucho dinero?
-           
Me dijo una cifra que me hizo perder cualquier miedo. Con ese dinero podía tirar una buena temporada. El jugaba con eso y sabía que yo aceptaría.

¿Era tanto el dinero? Pues no, pero en ese momento para mí era muchísimo.

-          Está bien. Lo hare.
-          Muy bien Ana, eso me demuestra que eres una chica lista y agradecida

-          Si.
jueves, 18 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 19)

CAPITULO 19

Te preguntaras si no sentí la muerte de mi padre.

No, en ese momento no,  no sentí nada.

Estaba tan absorta, tan consumida que no sentí la muerte de la persona que más quería y que a  mí más me quería. Nadie me quiso como mi padre. Era normal, que al faltar el, yo quedara totalmente desprotegida.

Por muy conflictiva que yo había sido, nuestra relación siempre había sido especial.
El era mi héroe. La persona a la que más unida estaba. Nadie me importaba tanto como el.

Pero la droga y el shock de su muerte, de la que tal vez, yo era responsable, no me dejaron llorarle como debía. No pude guardarle el luto que el merecía.

No sabía a dónde ir, así que acudí donde unos “amigos”.

Eran unos “yonkies”, como yo, que solían ponerse conmigo. Una de las chicas era una compañera con la que también hacia la calle.

No tuvieron problema en que me quedara con ellos. Total estaban acostumbrados a que cada día se quedara gente diferente y a mí ya me conocían.

Era uno de los sitios donde me solía quedar, cuando no quería volver a mi casa.

El lugar donde vivían no era a lo que estaba acostumbrada. Era un piso pequeño, sin apenas muebles.
Solo unos colchones, una vieja cocina y un baño.
El salón tenía un viejo y pequeño televisor y dos colchones más.

La verdad, colchones había por toda la casa. Siempre traía alguien colchones por si se tenía que quedar más gente.

La limpieza tampoco era a lo que yo estaba acostumbrada.

Se ve que sus habitantes no daban mucha importancia a la higiene del piso.

Platos sucios y suciedad se agolpaba por todas las estancias.

A mí tampoco me importaba, la limpieza del piso.
Tenía un techo donde poder dormir y colocarme, sin que nadie me molestara, ni me pidiera explicaciones.
Todo lo demás, era secundario.

Aunque parezca mentira, me sentía liberada. Al no tener que ir a mi casa iba  poder llevar mi vida tal y como yo quería.

No iba a estar preocupada de que mis padres me vieran llegar, podría consumir lo que me diera la gana y los clientes tendrían acceso a mi más fácilmente.

Lo que en realidad era hundirme más, para mí me suponía una liberación.
Ahora estaba entre mi gente. Entre la gente que me entendían.

Ante ellos no tenia que fingir ser quien no era.

No me pedían explicaciones, no me ponían mala cara cuando llegaba y sobretodo nos ayudábamos si lo necesitábamos. O así lo veía yo. A lo único que, de verdad, nos ayudábamos era a seguir ahogándonos en nuestra propia basura.


Como era de esperar, el estar fuera de mi casa no supuso una mejoría para mí. Todo lo contrario.

Consumía sin parar y cada vez tenía que prostituirme más para poder pagar.

Me prostituía en cualquier esquina de mi ciudad y con cualquier hombre dispuesto a pagarme unos euros, por pocos que fueran.

Ahora siempre iba colocada y sucia. Era irrisoria muchas veces la cantidad  que pagaban por mí. Y eso cuando no se iban sin pagar, ya que de lo puesta que iba ni me enteraba.

Ahora me miras con lastima, pero porque estas conociendo mi historia. Si no la conocieras, me mirarías con asco. Como todo el que pasa por mi lado.

A veces deberíamos pararnos a pensar que todo el mundo tiene una historia y que de conocerla, nuestra percepción de esa persona y de cómo esta, cambiaria totalmente.

Por desgracia, yo tampoco lo hacía.  Así que, tampoco puedo pedir que nadie lo haga.

Después de morir mi padre no volví a ver a Mario.
Al tiempo me entere que me estuvo buscando, cuando se entero que me habían echado a la calle y que mi padre había muerto.

Para alguien como el, no resultaba fácil buscar a alguien como yo.

La gente que estaba como yo, no dábamos información sobre nadie.

La policía venia mucho a interrogarnos. No porque les importáramos, sino porque también, solían buscar a personas desaparecidas.

No todas las que estábamos en este mundo, estábamos por voluntad propia.

Algunas estábamos porque habíamos caído en la droga, otras porque tenían hijos a los que no podían sacar adelante, pero también las había obligadas.

Con estas teníamos poca relación, ya que los hombres que las llevaban y traían, no les dejaban hablar con nosotras.
Tampoco pasaban mucho tiempo en la misma zona. Continuamente las iban cambiando.
Las familias de estas continuamente las buscaban, nunca tiraban la toalla.

Venían mucho a nuestras zonas a enseñarnos fotografías, por si reconocíamos a alguna.
Claro que las reconocíamos, pero nunca lo decíamos.

Unas veces por miedo a las mafias, otros porque tampoco nos importaba. Bastante teníamos con lo nuestro. También las había que ya no querían ser localizadas. Habían asumido ese mundo, habían sufrido tanto, que ya no querían resistirse más a su destino.

Estas últimas no deseaban ser encontradas y por ese motivo todos íbamos a lo nuestro.

Supongo que Mario se cansaría de intentar buscarme. Tampoco sé que era lo que quería.

Si era ofrecerme ayuda, en aquel momento no la se la hubiera aceptado. Llevaba la vida que yo quería llevar..

Además, yo culpaba a Mario de todos mis males. Si estaba en esa situación, era en gran parte por su culpa.

Era curioso, había llegado a olvidar como y porque estaba en ese mundo. Jose luis, ahora era uno de los míos. Y Mario, del que había estado muy enamorada y siempre intento ayudarme, era un extraño e incluso un enemigo.

Yo se que Mario, no esperaba el desenlace que tuvo el hablar con mis padres. Conociéndole se estaría muriendo de remordimientos.

No esperaba que mi padre sufriera un infarto con aquella información. Mario adoraba a mis padres, los quería como si fueran los suyos propios. Tampoco esperaría que yo me fuera a ver en la calle, como un desecho.

Supongo que se sintió culpable de lo que me pasaba y por eso intento localizarme.


Pero no pudo. 
martes, 16 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 18)

CAPITULO 18

Pasé una noche espantosa. Sentía mucha vergüenza, tenía mucho miedo de enfrentar, lo que imaginaba que, se me venía encima.

Una vez Mario estuviera más tranquilo, yo sabía que se pondría en contacto conmigo. Era su ex novia. Aunque hubiéramos roto, conociendo a Mario, sabía que iba a venir a verme.

Eso era lo que menos me apetecía en ese momento. Ver a Mario y escuchar sus palabras y sus ofrecimientos de ayuda. Le conocía tan bien, que casi estaba escuchando las palabras que me diría.

No solo me afectaba el hastío de lo que me diría, también sentía mucha vergüenza dentro de mí. Nunca pensé que Mario se fuera a enterar y mucho menos que se enterara de esta forma.

Todavía veía sus ojos, su lastima reflejada en ellos. Cuanto lloraría Mario esa noche.

Temblaba de pensar que debería enfrentarme a el. No había excusa posible para lo que había visto ¿Qué podía decirle? ¿Qué no era lo que parecía? Claro que era lo que parecía y era obvio además.

No había mucho que decir. Contarle todo lo que había sucedido desde el principio ya no tenía sentido.
Es cierto que sería un atenuante, pero nada iba a justificar todo lo que había hecho después.

Pese a que el comienzo no había sido culpa mía y yo era solo una víctima, todo lo ocurrido después me condenaba. Me condenaba a sus ojos, a ojos de mis padres y de mis amigas. Nadie entendería nunca las decisiones que tome.

Lo mejor era seguir guardando silencio. Esa era la vida que había escogido, equivocada sí. Pero era el camino que había tomado y sentía que ya era muy tarde para mí. Que era muy tarde para intentar enderezar mi vida.

Debí buscar ayuda, porque no hubiera sido tan tarde, era muy joven y podía salir de todo aquello. Seria duro, pero ahora creo que me hubieran ayudado.

Por desgracia para mí, no busque esa ayuda. Y mi vida una vez más dio un vuelco a peor.

Mario no se puso en contacto conmigo, tal y como yo esperaba. Lo que hizo fue mucho peor. Mucho más vergonzoso para mí y con consecuencias mucho peores.

Sé que lo hizo para intentar ayudarme una vez más, pero en aquel momento me hundió un poco más en el fango.

Su decisión me empujo un poco más a la mala vida que llevaba.

No le culpo, la única responsable era yo, pero tal vez si hubiera intentado hablar conmigo primero, todo sería diferente.

Mario no me llamo. Pero si hablo con mis padres.

Mi padre estaba tan débil, había sufrido tanto por mi culpa…
Para el saber que su hija se drogaba era una tristeza inmensa, pero saber que se prostituía, que vendía su cuerpo por unas monedas, fue un golpe que no pudo superar.

Supongo que por su mente paso toda su vida conmigo. Su lucha por tenerme, que tanto les costo. Su gran ilusión cuando, finalmente, mi madre se quedo embarazada de mi.

Tantos años de rebeldía hasta que por fin, me vieron más tranquila con Mario.
Y ahora… su princesa era una prostituta además de drogadicta.

Pese a que Mario les conto todo con mucho tacto, explicándoles que no era culpa mía sino de la vida que llevaba… mi padre sufrió un infarto. Su corazón, tan debilitado… no puedo más. Se cansó de pelear mas por mí, creo que se dio cuenta de que, ahora sí, me habían perdido para siempre.

Tal vez se sintió responsable, por no darme dinero. Pobre hombre, su gran ilusión termino matándole.

Yo tarde varios días en enterarme. Muchas veces salía y tardaba, semanas en volver. En mi casa ya se habían acostumbrado a mis ausencias y como hablábamos poco, ya no me pedían explicaciones de lo que hacía.

Si había consumido mucho, no me gustaba ir a casa, me quedaba en casa de cualquier yonkie a pasar los días.

Otras veces si tenía dinero, me quedaba con ellos para consumir sin parar.

Esa era la vida que llevaba habitualmente.
Aquel día llegue a casa, después de varios días sin aparecer.

Según entre mi madre vino a mi encuentro. Estaba demacrada y con los ojos de no haber parado de llorar. Pero no era lo que más me impacto. Lo que me dejaba paralizada era el odio que veía en sus ojos. Jamás mi madre me había mirado así ¿Qué estaba pasando?

Recuerdo sus palabras como si me las dijera hoy:

-          Quiero que te vayas de mi casa y no vuelvas.

Al principio le mire sin reaccionar. Era la primera vez que mi madre me hablaba con ese desprecio.

En ese momento pensé que Mario había hablado con ellos, pero ni imagine las consecuencias que había tenido esa conversación.

-          ¿Mama?
-          No me llames así.
-          Mama escúchame
-          No, vete
-          Mira, si es por algo que os haya dicho Mario, no le creáis. Esta despechado.
-          ¡Vete! ¡Tú le has matado! ¡Tú has sido su ruina y la mía!
-          ¿A quién? ¿De qué me hablas?
-          A tu padre. Tú le has matado.

Le miraba sin creer lo que me estaba diciendo ¿Mi padre estaba muerto? Las preguntas se agolpaban en mi mente. ¿Por qué?

-          Pero… ¿Cuándo?
-          Hace tres días. Saber que su hija era una vulgar ramera lo ha matado.

En ese momento entendí todo. Mario había hablado con ellos y les había dicho lo que había visto.

Mi padre, un hombre amoroso y un padre ejemplar,  pero terriblemente religioso y recto, no había podido soportar saber de dónde sacaba el dinero su hija.

Y mi madre me culpaba a mí de su muerte. Normal, es que yo era la culpable de lo que había ocurrido.

Le dije a mi madre que la culpa había sido de Mario, que no debía haberse metido ni dicho nada, pero mi madre estaba cerrada.

-          Quiero que te vayas y no vuelvas.
-          Pero… No tengo a donde ir
-          No me importa.
-          Soy tu hija
-          ¡NO! Yo no tengo hija. Mi hija ha muerto.

No tuve oportunidad de hacerle recapacitar, tampoco lo intente demasiado ¿Para qué?

Tarde  o temprano esto tenía que pasar, se tenían que enterar de todo lo que ocurría.

Salí de la casa con lo puesto, no quería retrasar el momento y tampoco sabía si mi madre me iba a permitir coger algo.

Sentí una rabia inmensa contra Mario ¿Acaso no estaba lo bastante destruida que quería destruirme más?
lunes, 15 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 17)

CAPITULO 17

Tarde bastante en levantarme, total no iba a salir. Era mi cumpleaños y debía estar hasta después de comer en mi casa. No es que me hiciera especial ilusión, pero al menos mis padres se sentirían mejor.

La comida no fue demasiado amena. Mi padre permanecía en silencio, a pesar de que mi madre intentaba aparentar normalidad.
La tensión se cortaba con cuchillo y yo tampoco me esforcé en dar conversación.

Al terminar de comer, mi madre saco un pequeño paquete y me lo dio:

-          Felicidades hija.
-          Gracias mama.

Lo abrí y en su interior había una fina pieza de joyería. Una gargantilla de oro con diamantes. Sabía que esa gargantilla era cara.

Mi padre pareció leerme el pensamiento:

-          ¿La estas tasando? – me pregunto con desprecio.
-          Juan por favor
-          No Matilde, ya está bien de hacer que no pasa nada. Sabes que ha vendido todas las joyas que tenia.
-          No importa.
-          Si importa. Ya sabemos dónde ha ido ese dinero.

Yo permanecía callada. Era verdad todo lo que decía. Había vendido todas mis joyas para conseguir droga. No solo mis joyas, sino todo lo que tenía valor. Lo único que no vendí fue el coche y porque mi padre me lo había quitado.

Era cierto que mientras miraba mi gargantilla, estaba calculando su valor económico, así que para que negar o discutir. Esa era mi vida.

Si mi padre supiera cómo había ganado el dinero la noche anterior y otras muchas que vinieron después…

Prostituirme para conseguir el dinero y así pagar a Jose Luis, se convirtió en habitual. Termine aprendiendo como cerrar los ojos  y abrir las piernas evadiéndome y evitando pensar en  el asco que sentía.

No era fácil, todo lo contrario. Aquello me rebajo a lo más bajo que se puede rebajar un ser humano.

No podía hacerlo si no había consumido antes. Y una vez había consumido, ya todo me daba igual. Hasta que se pasaba el efecto y la sensación de asco volvía a mí. Entonces tenía que drogarme otra vez para seguir evadiéndome.

Ya pasaba más tiempo drogada que en estado normal.

El estar tan mal física y psíquicamente, me limitaba mucho el poder escoger clientes.
Cuanto peor estas, también tienes acceso a peores clientes.

Cuanto menos seleccionas, peor gente te toca y a mí me toco de todo, de todo lo malo.

Tuve que realizar prácticas que nunca se habían pasado por mi mente y por supuesto sufrí muchas veces malos tratos por parte de los clientes.

No era suficiente tener que prostituirme, sino que además tenia que soportar ese maltrato.

A veces me preguntaba si esos hombres tendrían mujer o hijas, que sentirían si alguien las tratara como ellos a mí.

En varias ocasiones incluso me pegaron después de algún servicio y se fueron sin pagar. Terminaba denigrada, golpeada, humillada y sin la droga que tanto necesitaba. Porque Jose Luis, jamás se apiado de mi.

En eso había terminado. Vendiéndome a los hombres más bajos y que podían pedirme las prácticas sexuales mas depravadas y bajas que se les ocurriera. Yo jamás decía que no, no me encontraba en situación de poder perder ni un solo cliente. Hace apenas un año, mi inocencia  ni tan siquiera hubiera imaginado que aquellas prácticas existían.

Un año y parecía que había pasado media vida. Ahora no podía  recordar cómo era yo hace un año.

La única parte positiva o que yo la sentía así, es que mis padres no se habían enterado de dónde sacaba yo la droga. Apenas hablábamos y creo que habían perdido la esperanza de recuperarme, pero ellos seguían en su ignorancia.

Sabían en qué mundo andaba metida, pero ni se imaginaban que la niña de sus ojos se prostituía para comprar aquella porquería.

Pero la vida me tenía preparada otra bofetada, una vez más parecía que mi sufrimiento nunca tendría fin.

Me llamo Jose Luis para ofrecerme un servicio. Se suponía que debía realizarlo junto a otra chica, a la que ya conocía debido a que nos movíamos en el mismo mundo. Me dijo que era una despedida de soltero y que eran unos chicos jóvenes guapos y con mucho dinero.

Jose Luis hacia mucho que no me buscaba servicios y mucho menos uno tan bueno como ese, por lo que desconfié. Me parecía raro.

-          ¿Por qué yo?
-          Porque sé que lo necesitas.
-          Ya
-          Venga Ana, siempre que he podido te he ayudado y lo sabes. Es un buen servicio.

Cuando me dijo lo que pagaban, toda mi desconfianza desapareció. Hacía mucho que no me llegaba un servicio así y si encima no eran unos viejos, gordos y calvos la cosa se hacía menos desagradable.

Era muchísimo dinero, no podía decir que no.

Por mucho que todo fuera venderse, cuando te acostumbras a que babosos degenerados pongan sus manos en ti, si te llega un servicio como ese te da la sensación de que te ha tocado la lotería. No puedes creer en tu buena suerte.

Qué triste ¿Verdad?, yo bendiciendo mi buena suerte por poder venderme a hombres de mi nivel. Eso debería ser lo habitual y no lo extraordinario. Hace un año, esos mismos hombres hubieran matado por estar conmigo.

Quede con la chica en el hotel.
Era uno de los hoteles más lujosos de la ciudad.

-          Hola Ana
-          Hola Maria
-          No te quejaras del servicio que nos ha salido ¿eh?
-          No. Menos mal que Jose Luis ha pensado en nosotras
-          Si.
Nos acercamos a la recepción donde nos miraron con recelo. Era evidente lo que éramos, nuestras pinturas y ropas llamativas nos delataban en cualquier lugar. Mucho más en un sitio tan fino como ese.

Preguntamos por la habitación y amablemente nos guiaron, aunque con desconfianza. Seguramente nos seguirían con las cámaras hasta que entramos en la habitación. Yo lo hubiera hecho.

Siguiendo con Maria, ella era lo más parecido a una amiga que tenia.

Dentro de lo que es la amistad dentro de ese mundo. El compartir desgracias y malos momentos, unía mucho.

Eso si, nadie hablábamos de nuestra vida, ni de lo que habíamos sido antes o de cómo habíamos terminado así.

A nadie le importaba el pasado de las demás. Bastante teníamos cada una con el nuestro.

Maria no parecía venir de mi mundo, aunque viéndome a mí, nadie diría que yo venía de un ambiente tan selecto. En ese momento pensé que me gustaría saber algo más de ella.
¿Cómo terminaría así? Algo debió ocurrirle, no me imaginaba a nadie escogiendo ese mundo de manera voluntaria.

Tuve que quitar esos pensamientos de mi cabeza, porque la habitación del hotel se abrió.
Yo conocía a ese chico y el a mí. Nos mirábamos paralizados sin saber qué hacer, el no se quitaba de la puerta. Parecía que no quisiera que pasáramos.

-          Venga Roberto, déjalas pasar. – Gritaron desde el interior de la habitación.
-          No te gustamos. – Sonrió coqueta Maria.

Una mano, aparto a Roberto desde el interior y todos fijaron su mirada en mi. Todos me conocían. Eran los amigos de Mario.
Entre todos ellos, unos ojos tenían su vista clavada en mí. Por supuesto Mario también estaba allí.

Los chicos de la fiesta, que tanto dinero habían pagado por nosotras eran Mario y sus amigos. Ellos eran los que nos habían comprado para disfrutar de nosotras.

Los dos estábamos paralizados, yo no era capaz de moverme ni de escuchar lo que decían a mi alrededor.

Cuando Maria comenzó a bromear sobre nosotras y lo bien que lo íbamos a pasar, volví a mirar a Mario esperando ver su desprecio.

Lo que vi fue mucho peor. Vi lastima y tristeza en su mirada. Me miraba con una infinita pena. Parecía que en cualquier momento las lágrimas brotarían de sus ojos.
Nadie hablaba, solo Maria parloteaba ajena a lo que ocurría.
Los amigos de Mario solo observaban la escena con estupor.

No pude con ello, era peor de lo que esperaba y salí corriendo. No podía permanecer más tiempo en aquel lugar.

Escuche a Maria llamarme, pero no paré. Mientras corría lloraba amargamente.
Estaba segura que Jose Luis sabia todo, el conocía a Mario y sus amigos y aquella había sido su manera de vengarse de lo ocurrido hacia un año.

Pobre Mario. Que mal se estaría sintiendo. Encima delante de todos sus amigos.

No sé cuantas horas anduve esa noche, no sabía a dónde ir. Finalmente llame a Jose Luis.

-          ¿Por qué?
-          Eso debería preguntarlo yo. Has dejado tirado un servicio muy caro.
-          Sabes muy bien porque.
-          Hay que ser más profesional.
-          ¿Por qué me has enviado a mí?
-          Ya lo sabes. Tu ex novio me la debía. Y qué mejor que enviarte para que viera en que te has convertido.
-          Eres un desgraciado. No vales nada. – El comenzó a reírse.

Lo peor es que no podía colgar sin pedirle ayuda. Le explique donde estaba y que no tenía a donde ir. No quería volver esa noche a casa. Necesitaba estar sola y pensar.

No quería imaginarme que podía estar pensando Mario. El jamás hubiera esperado encontrarme en ese lugar vendiéndome. Yo era su princesita. Una princesita que le había salido rana.

-          Está bien, te envío un taxi pagado y te dejare una habitación de motel pagada. Pero no te acostumbres, tómalo como un regalo, solo por esta vez.
-          Gracias


Que humillada me sentía. Después de todo y tenía que darle las gracias por conseguirme donde pasar la noche.