martes, 24 de marzo de 2009 | By: Nerea Uzquiano

El Enigma de París, de Pablo De Santis

Sigmundo Salvatrio es hijo de zapatero, pero su sueño, alimentado por las amarillentas páginas de la revista La Clave del Crimen, es convertirse en detective. Cuando el gran detective argentino Craig abre una academia, Salvatrio se inscribe en ella con el sueño de llegar a ser el ayudante del miembro fundador de Los Doce Detectives, los investigadores más famosos del mundo.
Su empeño y su dedicación le harán viajar a París, durante los preparativos de la Exposición Universal de 1889, donde conocerá a sus ídolos y se verá envuelto en un extraño crimen que tal vez sólo el sea capaz de resolver. Lo que comienza como una sencilla investigación para descubrir quién amenaza con destruir la Torre Eiffel, todavía en construcción, se convierte cada vez más en una compleja metáfora del oficio detectivesco.
El enigma de París es una novela que parece una historia clásica de detectives del siglo XIX, pero en realidad es mucho más, ya que en ella se plantean muchos de los temás clásicos de este tipo de novelas, pero también aquellos fundamentales que son los que la sostienen desde abajo: los cimientos, los engranajes y el material con el que se construye una novela de este tipo queda a la vista, sin que el lector se sienta decepcionado por ver revelado el truco.
Los personajes son lo que le da fuerza a la novela, la idea de una sociedad de detectives legendarios, con sus manías, sus peculiaridades y sus ayudantes fieles, cuya misión es dar la réplica a su maestro y escribir sus aventuras para publicarlas en un folletín de aventuras disfrazado de revista detectivesca. Los pintorescos detectives, de los que se da suficiente información como para hacerlos creíbles pero no tanta como para romper el misterio, y sus ayudantes, sirven, además de para crear ambiente, como metáfora perfecta de toda la novela.
Es de agredecer que en una novela de detectives el misterio no se resuelva por una casualidad, o como por arte de magia: las pistas están presentes en todo momento, y cuando se desvela el misterio final todo encaja en su lugar como un enorme rompecabezas. Los personajes no están puestos allí porque sí, si no que cada uno tiene su función, así como también la tienen sus habilidades y su pasado, que se va descubriendo poco a poco pero con el ritmo preciso para que no resulte forzado. En ese sentido Pablo de Santis consigue una novela perfectamente estructurada y construida, que en ningún momento flaquea y que se convierte en una lectura satisfactoria.

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