jueves, 18 de junio de 2009 | By: Nerea Uzquiano

Las flores del mal


10 años antes de su muerte, Charles Baudelaire escribió una serie de poemas dedicados a su amigo Gautier que resultarían ser la colección más admirada del género. Censurados en su momento, en 1957, parte indispensable de las estanterías de todos los hogares, fue ascendida a obra maestra por las generaciones posteriores de simbolistas y surrealistas.
Padre de la modernidad, se halla en él un desgarramiento irreverente entre el Bien y el Mal, entre la rebeldía dandy y el remordimiento. Baudelaire no entiende el Amor. Influyó en ello la pérdida de su padre a los 6 años y las inminentes segundas nupcias de su madre 20 meses después, hecho que nunca perdonó por considerarlo una traición.
Algunos biógrafos como Sartre afirmaron su impotencia sexual, lo cual explicaría su incapacidad ante el antagonismo entre el amor idílico y el deseo. Gustaba por ello del voyeurismo y la prostitución.
En Las Flores del Mal repudia la felicidad trivial, la del burgués, la del trabajador incansable de la época moderna. Exento de una responsabilidad laboral, adopta una apariencia refinada y excéntrica para provocar un sentimiento de superioridad hacia sus conciudadanos. Es un dandy. Oculta su rostro mediante la rebeldía, la crítica hacia la masificación urbana y la vida burguesa. Sin olvidar su interés especial por el alcohol y las drogas. Aun así, Baudelaire se aburre. Nada teme tanto como el spleen o el tedio de vivir. El ocio ralentiza las horas. Es la irreversibilidad del tiempo: “la tumba y el poeta son hermana y hermano”. Pretende luchar contra esta obsesión mediante la búsqueda de la Belleza Absoluta, con la poesía. Sugerencia, elevación mística de los sentidos: nos embriaga con olores, con cenas “profundamente suaves”, con mujeres con un “encanto mágico”, etc. Nos lleva “hacia lo bello”. Destaca el papel de la imaginación, la utilización constante de la sinestesia y la correspondencia simbólica. Un dios en la tierra que tiene el deber de representar, mediante un lenguaje místicamente clásico, la belleza somnífera del cielo. Pese a todo, Baudelaire sabe que el éxtasis sensorial es perecedero, temporal y banal: “¡ sus alas de gigante no le sirven de nada!”. La vida es sinónimo de muerte.

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