sábado, 21 de noviembre de 2009 | By: Nerea Uzquiano

El Ser y La nada, J-P Sartre


El Ser y La nada, J-P Sastre
Publicado en 1942 “El ser y la nada” es la obra filosófica que puso a Sartre en boca de
todos aunque lamentablemente con más comentadores que lectores. La obra se propone, aplicando el método fenomenológico desarrollado por Husserl, explicar el ser llevando el pensamiento y el método hasta sus últimas consecuencias. Comienza por hacer una separación: por un lado el ser-en-sí, el ser inerte de las cosas y el mundo; por otro el ser-para-sí, el ser del hombre, el ser de la conciencia. Es en este último tipo de ser en donde entra en juego la nada anunciada en el título. El ser-en-sí, el mundo, separado, “infectado” en su seno por la nada adquirirá la posibilidad de verse, de reflejarse; y será esta posibilidad la característica fundamental de este distinto tipo de ser que es el hombre. Sartre analiza a partir de esta distinción y de esta posibilidad (de la cual enseguida se nos aclara que es a su vez imposibilidad de ser otra cosa, que es nuestra propia naturaleza irrenegable) la situación entera del hombre y sus posibilidades. A partir de la noción de Husserl de que la conciencia es necesariamente conciencia de algo Sartre afirma el mundo, le da realidad ontológica al ser del mundo, para luego definir él mismo a la conciencia como siendo lo que no es y no siendo lo que es. De esta forma la obra nos dirá que nuestro pasado forma parte del ser-en-sí, forma parte del mundo (aunque sea nuestro ser para los otros, aquí se ve como no es lo que es, o sea no es nuestro pasado aunque para el Otro lo sea) y el futuro, nuestro proyecto de ser, es lo que somos (aquí se entiende es lo que no es, o sea somos el proyecto, lo que todavía no es).
Después de definir el ser del para-sí y su relación temporal, la obra dedica un capítulo a la noción de mala fe, noción que opone Sartre a la noción freudiana de inconsciente. Sartre niega, a partir del análisis estructural de la conciencia, la posibilidad de alojar en ella una “zona” inconsciente y declara que el hombre no puede desconocer su engaño, su impostura. La definición le sirve a su vez como valor moral afirmando que aunque no haya dios ni valores trascendentes nadie puede excusar su accionar en causas externas, ya que el hombre es libre en su esencia y mucho menos internas (Ejemplo: su carácter) ya que cada hombre elige su carácter. Nada le es impuesto a la conciencia que es una libertad pura, esto es, que siempre tiene la posibilidad de elegir. Quizás lo más paradójico del libro se encuentre en este capítulo en el cual Sartre terminará concluyendo que, aunque la libertad es la esencia del hombre, su propia estructura le permite a este coincidir nunca consigo mismo y por esto declarará que el hombre es una pasión inútil y que solo dios si existiera podría llegar a este ideal de ser que es al mismo tiempo consciente y coincidente consigo mismo. Este es el ideal que postula Sartre para todos los hombre, todos tenemos como ideal llegar a ser dios, esto es, ser al mismo tiempo un ser-en–sí y un ser-para-sí.
El libro termina con dos promesas incumplidas: expone un primer acercamiento al “psicoanálisis existencial”, disciplina que funda aquí y que promete desarrollar (aunque murió sin hacerlo) que contrapone al psicoanálisis freudiano, y que buscaría descubrir el “proyecto original”; y con esbozos de una “moral” que tampoco concluyó nunca.

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